Foto "Derrota" de Antonio Cuenca
"Ahora que por fin tenía su cita con su sur particular que la apartara del frío de tantos inviernos acumulados en su corazón, corazón abrigado sólo por la esperanza, esta se perdía junto con su cita por que el destino, una vez más, hacía que la suerte le siguiera dando la misma cara que siempre le había mostrado"
LA SOMBRA
Cuando por fin llegó al lugar de la cita allí no
quedaba nadie, solo oscuridad, solo soledad y allí se quedarían sus expectativas
de una forma de vida mejor, de una vida digna, de una vida simplemente...
...Luego,
lentamente fue reaccionando. Miró alrededor suyo como si alguien pudiera
reconocerla, se arregló aquella falda que había decidido estrenar y que nadie
contemplaría ya en su esplendor, esplendor que iba a comenzar esa noche con
aquella falda, con aquella cita, aquella maldita cita...
Tiempo
atrás ni siquiera se hubiera molestado en creer en su suerte, aquella que
siempre le había vuelto la espalda por cuestiones del destino y que ahora
tampoco parecía sonreírle, para una vez que creía, para una vez que sonreía. Ya
llegará se dijo una vez, a todo el mundo le llega su turno, todo el mundo tiene
la oportunidad, aunque sólo sea una vez, de ser feliz y ella no iría a ser
menos. De eso hacía mucho tiempo y su turno no llegaba. Tampoco, se dijo, se
trataba de provocarlo. El momento llegaría por sí solo, como cuando llegaban
los estorninos en aquellas bandadas estridentes y numerosas puntuales a su cita
con el sur, el sur cálido que los protegiera del frío invierno norteño.
Ahora
que por fin tenía su cita con su sur particular que la apartara del frío de
tantos inviernos acumulados en su corazón, corazón abrigado sólo por la
esperanza, esta se perdía junto con su cita por que el destino, una vez más,
hacía que la suerte le siguiera dando la misma cara que siempre le había
mostrado. Y todo por un simple estornudo.
Bueno,
la verdad es que de simple no tuvo nada. Fue tan repentino, tan brusco, que no
pudo evitar el golpear con el espejo al cual se estaba mirando par saber si
todo seguía en su sitio, incluso aquellas inquietantes arrugas que surcaban su
frente para significarle que el tiempo se agotaba y ella, aunque nacida, aún no
había vivido una vida. Por lo menos la suya. Siempre tuvo que vivir la de
alguien, su abuela, su padre, su hermana. Le hubiera gustado vivir la de su
madre, sí, hubiera sido la mejor, pero su madre se fue demasiado pronto y al
irse le dijo a ella, la mayor de todas, que cuidase de todos, que viviera sus
vidas, que su turno le llegaría con el tiempo. Una abuela trastornada, un padre
que no quería vivir otra vida ¡que suerte¡ ¡ otra vida ¡ y una hermana
demasiado pequeña para compartir la vida de todos un poco, sólo un poco. Sí,
podría haberlo hecho, pero cuando pudo, le llegó su turno y se fue diciéndole a
ella que ya le llegaría el suyo.
Al golpear, su frente partió el cristal y la hizo
caer porque perdió por unos instantes el sentido, el sentido y el
equilibrio, cosa curiosa, ya que,
aquella caída tenía tanto parecido con su vida que hasta le hizo gracia ver que
había perdido las dos cosas a la vez. Una vida sin equilibrio no tenía sentido
y ella al perder ambos, perdía también su turno, por lo tanto en aquella caída
perdía su vida. No obstante no pensaba resignarse, no, tenía una cita, alguien
que por fin le daría a ella la vida que ella había dado con tanta generosidad,
alguien que haría que sus canas y aquellas arrugas desaparecieran y volvieran
cuando les tocara su turno, no antes, cuando su vida alcanzara el sentido que
toda vida adquiere cuando se ve realizada y se pudiera mirar al espejo sin
esperar nada más a que el tiempo pasara sin esperar a su vez nada de él.
Cuando se recuperó, vio que también perdía sangre.
Ahora el destino, incluso le dejaría un recuerdo en forma de cicatriz, para
recordarle, que estaba en su contra como la suerte.
¿Cuánto
tiempo había pasado sin sentido? El tiempo, maldito tiempo también jugaba en su
contra. Se miró al espejo hecho pedazos y vio su cara hecha pedazos, pero sólo
eran reflejos, se puso una gasa en la frente para contener la pequeña
hemorragia apretando con suavidad la zona afectada y luego se puso un par de
tiritas. También vio que aquella camisa blanca y sedosa ahora tenía pequeñas
manchas carmesí, pero ya no le quedaba tiempo para cambiarla o lavarla. Su
cita, él, lo comprendería, la esperaría, seguro. Luego después de ver lo que se
había hecho, la llevaría a algún dispensario para que la curaran y luego se
irían de allí para sólo volver cuando lo hicieran los estorninos, para mantener
el corazón y el espíritu calientes.
Corrió,
voló...
...cuando por fin llegó al lugar de la cita allí no
quedaba nadie, solo oscuridad, solo soledad y allí se quedarían sus expectativas
de una forma de vida mejor, de una vida digna, de una vida simplemente...
Empezó a andar y a pensar en el sentido de la vida,
de su vida, del poco equilibrio que le quedaba, del pozo negro que se habría
ante sí y que empezaba a resultarle ciertamente atractivo. Un abismo ante el cual
ya no sentía miedo o vértigo como en otras ocasiones cuando había pensado en
él. Ahora ya, simplemente daba igual todo.
Se dirigió sin saberlo hacia el sonido cercano que
las aguas frías hacían llegar a sus oídos y le pareció que aquel sonido era
música celestial entonada en su honor y la invitaba a hundirse en la oscuridad
que ahora se le antojaba cálida como los brazos de mamá cuando la arrullaban
para dormirla en el tiempo en que aún tenía vida propia.
Se subió a la barandilla y no miró atrás, no tenía
que despedirse de nadie...
...Saltó
... Y aquella falda que ya nadie contemplaría en su
esplendor se rasgó e hizo un sonido que a ella le resultó familiar porque así
se había imaginado que se rompen los corazones, pero también notó una presión
en sus tobillos que la tiraban hacia arriba y como unos brazos cálidos le
rodeaban su cintura y la obligaban a pasar al otro lado de la barandilla.
Cuando aquellos brazos dejaron que sus pies se
posaran en el suelo, no supo que hacer, no quiso abrir los ojos, no habló, se
sintió fría y vacía como si aquellos brazos la hubieran desposeído del único y
verdadero momento de su vida que por paradojas del destino, eran los de su
muerte. Ahora ya tampoco tenía eso.
-
¿Qué estabas
haciendo?¿te has vuelto loca?¿es que no me has oído gritarte?
Aquella voz...era su voz, la de él, la de su cita,
la de su turno, la del sur cálido.
-
¿ Cómo?¿ Cómo
es que estás aquí? Acudí a la cita y ya no estabas, mi sur.
-
¿Qué dices?,
pero sí aún no es la hora, aún faltan cinco minutos. Afortunadamente llegué
antes de tiempo y vi como te dirigías hacia aquí, te llamé... ¿Cuánto tiempo
había pasado sin sentido? El tiempo, había perdido la noción del tiempo y casi
pierde otras cosas...
...Lo miró y al hacerlo notó como su corazón cantaba
como los estruendosos estorninos cuando visitaban al cálido sur...y sU vida ya
no era una sombra de la vida de los demás...

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