sábado, mayo 12, 2012

Rompiendo las cadenas





La foto que ilustra este cuento, fue su inspiradora. Como trabajo final para obtener el título de Experto Universitario en Artes Visuales: Fotografía y Acción Creativa, cada alumno debía presentar un trabajo fotografíco, adornándolo como un proyecto cuyo fin fuera una exposición. El mío en concreto iba sobre la importancia del carrito de la compra en la Sociedad de consumo y los diferentes usos que se le da al margen del suyo propio. A parte de las consideraciones sociales pertinentes quise aportar un cuento estableciendo el paralelismo entre un Burro y un carrito de la compra.Así pues, el burro es el carro y el carro es el burro en este cuento. Espero que os guste. 

Rompiendo cadenas……

El pobre Ismael ya no podía más, a sus casi treinta años, solo le quedaba morir para descansar. Después de una vida transportando todo tipo de carga pesada y haber recibido azotes que incluso le arrancaron la piel a tiras, su hora había llegado. Se negó en rotundo a andar .Daban igual patadas, latigazos o golpes. Simplemente rebuznó con su voz más potente, dobló las rodillas, recostó su cuerpo contra la árida tierra y esperó quizás un golpe de gracia…
Su amo renegó del mismo Dios, se acordó de su abuela y su santa madre, pero al final cuando también hubo “rebuznado” lo suficiente como para desahogarse, en vez de golpearlo, soltó sus bridas, su arnés sacándolos como pudo de su cuerpo, pues estaba tumbado sin hacer el más mínimo movimiento , cargó con ellos y lo dejó allí tirado. Quizás iría a por alguien que lo ayudara, pero al cruzar la mirada, sorprendentemente vio un halo de tristeza reflejada en la cara de su amo. No había odio, incluso le pareció oír un susurro de agradecimiento por todo el tiempo pasado. Algo cambió en el alma de aquel burro.
Permaneció un buen rato en aquella posición. Sintió como las piedras se le clavaban en la poca carne que le quedaba. Sintió también la suave brisa que soplaba para compensar el tremendo calor que hacía. Levantó su cuello y miró alrededor. Sólo había una pradera llena de hierbas y piedras. Y el horizonte, allá a lo lejos, que se confundía con la calima. Sintió sed. Se puso de pie y después de pensarlo un rato, a su edad le costaba pensar y actuar al mismo tiempo, se decidió a coger a el camino contrario al que había tomado su amo. Era un burro, pero tonto no.
Después de un largo rato caminando, Ismael encontró una pequeña charca rodeada por un grupo de chopos. Bebió hasta la saciedad. Sintió como al hacerlo algo volvía a cambiar en su interior. Nunca se había podido fijar en el color del agua, ni en su sabor, pues siempre bebía en un cubo metálico oxidado. Esta agua era diferente, sabrosa, fresca y su color, era el color del cielo. Transmitía, junto a aquella sombra tan buena, una sensación de paz que le gustó. Aquél era un buen sitio para echarse una siestecita.
Por momentos recuperaba ganas de vivir. Tenía hambre, pero no le apetecía comer aquella paja o alfalfa secas que le solían dar junto a su cubo de agua. Buscó algo entre los arbustos que estaban entre los chopos. Encontró unas bolitas rojas y moradas que le parecieron deliciosas. Se pegó un atracón. Después volvió a tumbarse y allí permaneció durante muchas horas. Descansó sin preocuparse de nada más, sólo de sentir aquellas cosas que no tuvo tiempo de sentir.
Llegó la noche y contempló extasiado a aquella Luna llena que lo invitaba a pasear  bajo el frescor de la noche conducido por su luz. Así lo hizo. Empezó a andar y a andar. Y andó a su paso, durante toda la noche mientras la Luna estuvo a su lado. Luego, al amanecer, buscó algún lugar fresco con agua donde tumbarse y descansar.
Aquello era vida y a él le quedaba ya muy poca. No quiso pensar en su pasado. Era algo que no tenía sentido. Miraría hacia delante y se olvidaría de los azotes y golpes, del dolor de huesos, de las picaduras de las pulgas, de las garrapatas que se aferraban a él tratando de quitarle la poca sangre que le quedaba en sus venas ya enjutas. Sí, las garrapatas. Y sin querer evitarlo pensó en las garrapatas, Se tiró al suelo y empezó a restregarse contra las piedras. Y lo hizo meticulosamente, restregando cualquier parte de su cuerpo en la que sentía el más  ligero picor.
Le quedaba poca vida pero la viviría sin pensarlo un solo minuto más…
Cuanto había caminado no lo podía saber, pero a cada paso que daba notaba que sus fuerzas regresaban a sus envejecidos músculos. Se había convertido en un Burro optimista y alegre. Mientras anduvo por caminos y pastos se alimentó, brincó, se alzó sobre sus patas, rebuznó, coceó y se sintió por primera vez en su vida contento y feliz.
No se había cruzado con nadie, quizás por viajar de noche, pero esa mañana vio venir un coche hacia él, por el camino de tierra. Se alejó al trote, pero el coche que era un todo terreno se le acercaba cruzando el campo. Una lucecita de Alarma se le encendió y emprendió una carrera hacia unas lomas que no estaban muy lejos de allí. El coche se le puso a su altura y él se alejó sobre su derecha ganado unos metros. Esto le obligaba a dar un pequeño rodeo para poder alcanzar su objetivo. El coche se interponía entre este y él mismo. Volvió la grupa al coche y emprendió una nueva carrera hacia el camino. El coche lo volvió a alcanzar y él volvió a torcer hacia el lado contrario. Así estuvieron un buen rato hasta que las fuerzas le empezaron a flaquear y se vio obligado a  casi pararse. Bufó amenazadoramente a la vez que el coche paraba a su altura. Se giró sobre sí mismo y empezó a lanzar coces. Del coche salieron dos hombres, uno de ellos muy mayor. Oía que le decía palabras tranquilizadoras, pero ¿quién quería tranquilizarse?
Al final uno de los hombres, le echó un lazo al cuello y aunque opuso toda su resistencia, se vio obligado a tranquilizarse pues estaba exhausto. Se quedó quieto mientras los hombres se le acercaban. El hombre mayor lo miró directamente a los ojos. No sintió miedo. Lo acarició y le dijo palabras tranquilizadoras. No se tiró al suelo. Ahora ya no quería morir. La muerte podía esperar, por lo menos hasta ver qué futuro le deparaba el destino
Después de un rato en que el hombre no paraba de decirle cosas suaves al oído, el hombre joven le trajo un gran cubo de agua. Por lo menos no era un cubo oxidado y el agua parecía fresca, o sería que él estaba sediento. Bebió. El hombre mayor se sacó algo de color naranja de sus bolsillos. También parecía fresco, o sería que él tenía hambre. Comió. Le pareció muy sabrosa aquella cosa alargada y naranja. Instintivamente se acercó al bolsillo del hombre olisqueando. Este no pudo siquiera llegar a sacar otra zanahoria. La cogió y se la zampó. El hombre estalló en una carcajada.
A partir de ese momento se dejó acariciar y sintió que su vida no sería la que hasta ahora había tenido. Cuando hubo descansado y tomado fuerzas, se dejó llevar cogido por el lazo al coche. Iba a su lado a un trote suave. Llegaron a una granja donde había muchos animales. También habían niños y mucha gente. El hombre mayor le colocó un ronzal y tirando de este lo acompañó a un redil muy amplio donde  lo soltó.  Allí había una pequeña charca artificial de la que brotaba agua a través de una manguera. También había una estructura metálica con una tela translúcida que permitía disfrutar de una buena sombra. Y lo mejor de todo, había una hierba verde y fresca que tenía un sabor muy agradable.
Sintió que sus fuerzas de nuevo volvían a él...
Pasado un tiempo, que a Ismael le pareció muy corto, el hombre mayor vino a buscarlo, le dio una zanahoria y cogiéndolo del ronzal, se lo llevó.  Ismael no opuso resistencia. Juntos fueron hasta la puerta principal de la casa. Allí había una pequeña calesa muy adornada y vistosa que rápidamente el hombre colocó alrededor del Burro. También a él lo adornaron. El hombre sacó de algún sitio un pequeño sombrero de paja con dos agujeros en los laterales. Se lo colocó a Ismael y al hacerlo el hombre soltó una carcajada y dio unas palmadas al burro a modo de caricia y reconocimiento. El Burro se dejaba hacer. Al poco, un número indeterminado de niños apareció levantando una algarabía que molestó un poco a Ismael. No obstante no ofreció resistencia cuando un grupo de ellos se subió a la calesa y el hombre lo cogió del ronzal. Al ritmo que marcaba este, Ismael comenzó a andar .Dieron una vuelta por los alrededores. Al cabo de un rato al primer grupo de niños le siguió un segundo y luego un tercero y un cuarto y al final de la jornada cuando todos estuvieron contentos y saciados de montar en burro, Ismael, de la mano de su nuevo amo, volvió al redil. Comparado con sus anteriores trabajos en los que transportaba carga muy pesada que día a día minaban sus fuerzas y ganas de vivir, su nuevo trabajo, era reconfortante. Su amo le prodigaba continuas palabras de ánimo, le daba aquellas cosas naranjas y luego podía recostarse a la sombra de aquella estructura metálica mientras bebía agua fresca y clara.



          Con el paso del tiempo, el hombre mayor dejó de aparecer por allí. Era el hombre joven el que le daba de comer y se encargaba de él. Después de otro largo espacio de tiempo comprendió que su amo ya no aparecería más. No obstante el hombre joven se portaba también bien, pero llegó un día en que cogiéndolo del ronzal se lo llevó subido en él hasta una casa. Allí charló con otro hombre y dándole un abrazo alrededor de su cuello, se despidió de él y así Ismael cambió de amo. Este lo acompaño cogiéndolo del ronzal hasta un pequeño establo con un pesebre. Allí también había aquella hierba fresca que tanto le gustaba, pero no era un espacio abierto y se veía obligado a permanecer de pie.
Al día siguiente, muy por la mañana, Ismael transportó a su nuevo amo hasta un lugar que conocía bien. Era un mercado dentro de un pueblo. Lo ató a una señal de tráfico y se marchó.

          Pasó mucho tiempo, se hizo de noche y la gente del aquel mercado ya no estaba. Tampoco su nuevo amo. Después de dos días sin comer ni beber y muy cansado, unos hombres vestidos de azul vinieron con una furgoneta grande, lo cargaron en ella y se lo llevaron a otro  lugar. Allí había muchos animales. De todo tipo. También había algún congénere suyo. Pero esto no alegró el viejo corazón de Ismael.

          Al poco, un grupo de hombres más bien desarrapados, pero muy dicharacheros y alegres, se lo llevaron con ellos. A partir de ese momento, cambió su alimentación. Le daban cosas rojas y verdes, agua de cañería y algún que otro latigazo, si bien no se ensañaban con él. Les costaba hacerse entender y creían que a palos los entendería bien...
         
No tardó en acostumbrarse a su nueva vida. Si había algo que lo caracterizaba, era la paciencia. Había cambiado en muy poco tiempo de amos y situaciones. Estaba descubriendo nuevas sensaciones y se habría ante él un nuevo mundo del que no quería perder detalles.
Más que hacerlo trabajar, aquella gente se solía divertir con él. Cuando no lo montaban unos, lo hacían otros. De vez en cuando acarreaba algún trasto viejo que sus amos encontraban por las calles de la ciudad, pero no le suponía un gran esfuerzo.
El lugar donde solía vivir, era un pequeño solar lleno de trastos viejos, coches desguazados, perros famélicos y niños llenos de suciedad, pero alegres y contentos. Sin embargo, el lugar olía mal y él, volvía a tener pulgas y garrapatas. Echaba de menos el poder desentumecer sus huesos y volver a beber agua fresca, tumbarse a la sombra de algún árbol y dormitar tranquilamente.
Sin embargo y para poner a prueba su paciencia, los hombres de azul irrumpieron en aquel campamento. Las mujeres y niños, gritaban por todas partes mientras los hombres se enfrentaban a los policías. Con aquella redada todo fue caos y una piedra mal lanzada hizo que Ismael se pusiera a dar coces, molesto por la situación. Sus cuerdas se soltaron y emprendió una loca carrera por una carretera atestada de coches. En tal estado de excitación estaba que no vio venir a aquel camión. Oyó un bocinazo muy fuerte y al girarse impactó con su cabeza contra algo que venía de frente a él. Algo se le rompió a Ismael en su cabeza. A partir de ahí, notaba como su vista le iba desapareciendo. En su deambular zigzagueante por aquella carretera, intuyó algo que le parecía un río. Se dirigió hacia aquel lugar. Olfateó el agua y sin pensárselo dos veces se metió de lleno en ella. Volvió a sentirse a gusto y fresco. Sintió la necesidad de tumbarse en aquella agua que le parecía reconfortante. Se arrodilló y poco a poco fue dejando caer su cuerpo. Tenía ganas de dormir y descansar. Cerró los ojos y se hundió mansamente en aquellas aguas. Su cuerpo se veía desde lo alto de un puente acostado sobre el lecho del rio. Muchos hicieron fotos del suceso. A Ismael le daba ya igual.

2 comentarios:

Inma Tercero dijo...

Qué realidad más triste y horrorosa!!!.

akfoto dijo...

Bueno, en este cuento lo que marca el devenir de la historia es la foto de más arriba. Si ese es el fín del carro en la realidad, en la ficción el burro tenía que escenifacarla. No sé si ta ha gustado o te parece horrible ja ja. un abrazo¡¡¡