martes, mayo 29, 2012


 Foto "Derrota" de Antonio Cuenca
    "Ahora que por fin tenía su cita con su sur particular que la apartara del frío de tantos inviernos acumulados en su corazón, corazón abrigado sólo por la esperanza, esta se perdía junto con su cita por que el destino, una vez más, hacía que la suerte le siguiera dando la misma cara que siempre le había mostrado"


LA SOMBRA


Cuando por fin llegó al lugar de la cita allí no quedaba nadie, solo oscuridad, solo soledad y allí se quedarían sus expectativas de una forma de vida mejor, de una vida digna, de una vida simplemente...
          ...Luego, lentamente fue reaccionando. Miró alrededor suyo como si alguien pudiera reconocerla, se arregló aquella falda que había decidido estrenar y que nadie contemplaría ya en su esplendor, esplendor que iba a comenzar esa noche con aquella falda, con aquella cita, aquella maldita cita...
          Tiempo atrás ni siquiera se hubiera molestado en creer en su suerte, aquella que siempre le había vuelto la espalda por cuestiones del destino y que ahora tampoco parecía sonreírle, para una vez que creía, para una vez que sonreía. Ya llegará se dijo una vez, a todo el mundo le llega su turno, todo el mundo tiene la oportunidad, aunque sólo sea una vez, de ser feliz y ella no iría a ser menos. De eso hacía mucho tiempo y su turno no llegaba. Tampoco, se dijo, se trataba de provocarlo. El momento llegaría por sí solo, como cuando llegaban los estorninos en aquellas bandadas estridentes y numerosas puntuales a su cita con el sur, el sur cálido que los protegiera del frío invierno norteño.
          Ahora que por fin tenía su cita con su sur particular que la apartara del frío de tantos inviernos acumulados en su corazón, corazón abrigado sólo por la esperanza, esta se perdía junto con su cita por que el destino, una vez más, hacía que la suerte le siguiera dando la misma cara que siempre le había mostrado. Y todo por un simple estornudo.
          Bueno, la verdad es que de simple no tuvo nada. Fue tan repentino, tan brusco, que no pudo evitar el golpear con el espejo al cual se estaba mirando par saber si todo seguía en su sitio, incluso aquellas inquietantes arrugas que surcaban su frente para significarle que el tiempo se agotaba y ella, aunque nacida, aún no había vivido una vida. Por lo menos la suya. Siempre tuvo que vivir la de alguien, su abuela, su padre, su hermana. Le hubiera gustado vivir la de su madre, sí, hubiera sido la mejor, pero su madre se fue demasiado pronto y al irse le dijo a ella, la mayor de todas, que cuidase de todos, que viviera sus vidas, que su turno le llegaría con el tiempo. Una abuela trastornada, un padre que no quería vivir otra vida ¡que suerte¡ ¡ otra vida ¡ y una hermana demasiado pequeña para compartir la vida de todos un poco, sólo un poco. Sí, podría haberlo hecho, pero cuando pudo, le llegó su turno y se fue diciéndole a ella que ya le llegaría el suyo.
Al golpear, su frente partió el cristal y la hizo caer porque perdió por unos instantes el sentido, el sentido y el equilibrio,  cosa curiosa, ya que, aquella caída tenía tanto parecido con su vida que hasta le hizo gracia ver que había perdido las dos cosas a la vez. Una vida sin equilibrio no tenía sentido y ella al perder ambos, perdía también su turno, por lo tanto en aquella caída perdía su vida. No obstante no pensaba resignarse, no, tenía una cita, alguien que por fin le daría a ella la vida que ella había dado con tanta generosidad, alguien que haría que sus canas y aquellas arrugas desaparecieran y volvieran cuando les tocara su turno, no antes, cuando su vida alcanzara el sentido que toda vida adquiere cuando se ve realizada y se pudiera mirar al espejo sin esperar nada más a que el tiempo pasara sin esperar a su vez nada de él.
Cuando se recuperó, vio que también perdía sangre. Ahora el destino, incluso le dejaría un recuerdo en forma de cicatriz, para recordarle, que estaba en su contra como la suerte.
          ¿Cuánto tiempo había pasado sin sentido? El tiempo, maldito tiempo también jugaba en su contra. Se miró al espejo hecho pedazos y vio su cara hecha pedazos, pero sólo eran reflejos, se puso una gasa en la frente para contener la pequeña hemorragia apretando con suavidad la zona afectada y luego se puso un par de tiritas. También vio que aquella camisa blanca y sedosa ahora tenía pequeñas manchas carmesí, pero ya no le quedaba tiempo para cambiarla o lavarla. Su cita, él, lo comprendería, la esperaría, seguro. Luego después de ver lo que se había hecho, la llevaría a algún dispensario para que la curaran y luego se irían de allí para sólo volver cuando lo hicieran los estorninos, para mantener el corazón y el espíritu calientes.
          Corrió, voló...
...cuando por fin llegó al lugar de la cita allí no quedaba nadie, solo oscuridad, solo soledad y allí se quedarían sus expectativas de una forma de vida mejor, de una vida digna, de una vida simplemente...
Empezó a andar y a pensar en el sentido de la vida, de su vida, del poco equilibrio que le quedaba, del pozo negro que se habría ante sí y que empezaba a resultarle ciertamente atractivo. Un abismo ante el cual ya no sentía miedo o vértigo como en otras ocasiones cuando había pensado en él. Ahora ya, simplemente daba igual todo.
Se dirigió sin saberlo hacia el sonido cercano que las aguas frías hacían llegar a sus oídos y le pareció que aquel sonido era música celestial entonada en su honor y la invitaba a hundirse en la oscuridad que ahora se le antojaba cálida como los brazos de mamá cuando la arrullaban para dormirla en el tiempo en que aún tenía vida propia.
Se subió a la barandilla y no miró atrás, no tenía que despedirse de nadie...
...Saltó
... Y aquella falda que ya nadie contemplaría en su esplendor se rasgó e hizo un sonido que a ella le resultó familiar porque así se había imaginado que se rompen los corazones, pero también notó una presión en sus tobillos que la tiraban hacia arriba y como unos brazos cálidos le rodeaban su cintura y la obligaban a pasar al otro lado de la barandilla.
Cuando aquellos brazos dejaron que sus pies se posaran en el suelo, no supo que hacer, no quiso abrir los ojos, no habló, se sintió fría y vacía como si aquellos brazos la hubieran desposeído del único y verdadero momento de su vida que por paradojas del destino, eran los de su muerte. Ahora ya tampoco tenía eso.
-        ¿Qué estabas haciendo?¿te has vuelto loca?¿es que no me has oído gritarte?
Aquella voz...era su voz, la de él, la de su cita, la de su turno, la del sur cálido.
-        ¿ Cómo?¿ Cómo es que estás aquí? Acudí a la cita y ya no estabas, mi sur.
-        ¿Qué dices?, pero sí aún no es la hora, aún faltan cinco minutos. Afortunadamente llegué antes de tiempo y vi como te dirigías hacia aquí, te llamé... ¿Cuánto tiempo había pasado sin sentido? El tiempo, había perdido la noción del tiempo y casi pierde otras cosas...
...Lo miró y al hacerlo notó como su corazón cantaba como los estruendosos estorninos cuando visitaban al cálido sur...y sU vida ya no era una sombra de la vida de los demás...               
           

lunes, mayo 21, 2012




Gracias a Irene por permitirme usar una de sus grandísimas fotografías para ilustrar mi cuento. Para mí, y llevo mucho años en este mundo de la fotografía, una de las mejores fotógrafas del momento. 



EL ANHELO DEL VAMPIRO






    
  ¿ Qué  puede desear un vampiro más que la sangre de otros? ¿Qué oculta en lo más profundo de su ser que le hace ser aún más desgraciado y a la vez más despiadado?.
            A lo largo de su larga existencia, los vampiros atraviesan por momentos en que sus anhelos cambian de forma radical, pero lenta.
            En un principio, cuando se ven reducidos a la condición de no muertos sin apreciar debidamente lo que esto significa, ceden a la tentación irracional del hambre a la que tienen que saciar con instinto animal. Durante este tiempo deambulan por calles y lugares oscuros acechando, persiguiendo y cazando a sus víctimas de las cuáles incluso devoran parte de sus cuerpos. Carecen de poder de raciocinio y ceden noche tras noche a la tentación de la sangre convertidos en bestias salvajes  para las que el líquido vital se convierte en su único deseo y atacarán a cualquier ser que se les cruce en su camino, sea hombre, mujer, niños o incluso animales. Tampoco logran comprender exactamente su situación y no saben en qué se han convertido, no saben que su vida es sólo aparente y que carecen de cualquier tipo de motivación, salvo el ansia por la sangre, y cualquier sentimiento. En esta situación, actúan movidos por el instinto, y este les dice que durante el día deben permanecer ocultos y que deben buscar cobijo en suelo no santificado, que deben alejarse de cualquier signo que interprete la palabra del dios en el que creyeron en vida y que la noche es su aliada. No obstante, este es uno de los momentos más peligrosos en la “existencia” de los no muertos, pues son tantos los desmanes que comenten, que los hombres, tan llenos de miedos ocultos y supersticiones reaccionan como las ratas y cuando se ven acosados contraatacan. Y lo hacen buscando por los alrededores de las villas, por cementerios abandonados, cloacas o casas viejas. Es tal su perseverancia, que muy a menudo dan con la bestia y la cazan y exterminan con la saña propia del que ignora lo que está haciendo realmente. Pero el resultado es que los vampiros, acaban con sus cabezas cercenadas y echadas al fuego, con el cuerpo atravesado de estacas y lleno de ajos y sus huesos formando el signo sagrado del dios al que sirva el hombre en esa ocasión.
            Pocos no muertos logran pasar de esta época, y el hombre, ser superior de todas las criaturas que habitan el campo de batalla que ellos llaman Tierra, prevalece.
            Con el paso del tiempo, lo que han sobrevivido a todo esto, empiezan a comprender que ya no pertenecen al mundo de los vivos. Lentamente el raciocinio perdido empieza a aparecer y la realidad se les muestra con toda la crudeza. Es esta una época en que la caza de las víctimas va acompañada por gritos de repugnancia y desolación. Sonidos lastimeros y movimientos compulsivos, incluso vómitos de rechazo caracterizan al no muerto. En esta ocasión su único deseo es el de recobrar sus vidas, las cuales creen que pueden volver a recuperar. Saciar su hambre pasa a un segundo plano y sólo cuando se les hace inevitable, cazan y absorben la energía de la víctima. Víctima que por otra parte suele ser algún miembro familiar o conocido del entorno del vampiro pues en su anhelo por recuperar lo perdido, sus pasos se dirigen al hogar que los reconfortó en vida y allí con el desespero producido por el rechazo y el miedo, acosará durante varios días dicho lugar. Este es otro momento peligroso para los no muertos, pues no sólo se verán acosados y rechazados por sus antiguos familiares y amigos, sino que un sentimiento contradictorio les impulsará a la autoinmolación. Y a decir verdad, los que se suicidan, lo hacen venciendo el instinto primario de autoprotección que todo animal salvaje (pues aún se parece a esto) posee, pero que parece les permite recobrar su espíritu perdido y cierto atisbo de esperanza mientras contemplan su último amanecer.
            Más tarde, el tiempo, que da y quita, les hará ver lo que son en realidad. Este momento significa para el no muerto, la confirmación de sus sospechas y la aceptación de su condición. Sabe que es un señor de la noche, un demonio elegido por el diablo para que le sirva. Es un tiempo en el que empieza a pensar los pros y los contras de su situación. Empieza a medir y a aprovechar las horas de las que dispone para cazar y empieza también a elaborar estrategias de caza. Ya no se considera un hombre, sino su enemigo, con el que luchará por la supremacía en la Tierra y al que cazará con entusiasmo y diversión. Tratará de propagar plagas y males y también procurará ganar adeptos sin pensar demasiado si es conveniente o no. Para ello, todas las víctimas serán sangradas prácticamente hasta la muerte, pero con el último latido de su corazón, el no muerto, en un beso largo y pronunciado devolverá la sangre a este mezclada con la suya propia y su saliva. Su único deseo prioritario en esta etapa es la propagación del mal que le aqueja. Aprende a sortear los peligros y se vuelve más peligroso que nunca para el ser humano.
            El tiempo una vez más le hará ver que dispone de toda una eternidad para llevar a cabo sus planes. Ya es consciente de su inmortalidad y aprende a utilizar sus poderes. Puede convocar tormentas y vientos, convertirse en niebla o en cualquier animal que le parezca. También puede volar, pero lo hará en forma de murciélago y al igual que éste (por el que siente admiración) aprenderá a colgarse de vigas o tejados para dormir durante el día. En esta época ansía el poder. Por ello, se convierte en líder de pequeños grupos vampirizados por él y aleccionará a sus huestes para que propaguen su mal. Organizará aquelarres y sacrificios humanos en nombre de su señor. No obstante es consciente de que el hombre lo persigue y buscará refugios muy apartados de las villas o pueblos y vagará por la tierra como jauría de lobos con sus seguidores. Los que alcanzan este nivel suelen ser muy pocos, pero disponen de tiempo y lo saben.
            Luego, esta euforia, da paso a una nostalgia y melancolía que lo sumen en un estado de irritabilidad y rabia. En su ser, prevalecen algunas huellas de lo que fue en un tiempo y como cualquier ser humano ansía para sí una compañera ó compañero pues necesita compartir con alguien ese poder y sabiduría. Se siente sólo. Iniciará por lo tanto una búsqueda prioritaria de ese alguien que alivie su pena. No se tratará del primero que se le cruce en su camino. Perseguirá para ello a su víctima durante mucho tiempo, observándola, expiándola, tratando de encontrar rasgos en ella que le recuerden a él mismo, busca un alma gemela que le permita ver el paso de la eternidad y que tranquilice su espíritu. Tendrá que vivir con este compañero/ra todas las etapas por las que él pasó con la diferencia que cuidará de este y hará que todo le resulte más fácil de superar.
            Ya tiene una edad muy superior a la de cualquier ser humano viejo. Cuando ha saciado el ansía de buscar un compañero, ve que necesita mostrarle a este nuevas cosas, pues es su protector y lo ama por encima de todas las cosas. Inicia por lo tanto una época en la que viajará y tratará de adquirir todos los conocimientos inherentes a seres humanos y vampiros. Estudiará la historia, la geografía, la religión (aprenderá a combatir sus signos), la filosofía etc. Anhela la sabiduría. También buscará acomodo en las ciudades. Aprende que su condición de demonio no es incompatible con la vida junto al ser humano, y se mezclará con este tratando de enriquecerse y de adquirir propiedades. Con la experiencia contraída,  lo logrará. No obstante el amor que pueda sentir un vampiro por otro ser, no es el propio del de los seres humanos. El del vampiro es básicamente cuando se trata de procesarle su amor a otro como él, de una continuación de sí mismo, como el del creador y su obra, que puede llegar a ser obsesiva. Esto hace que el tiempo, una vez más, acabe por separar a ambas criaturas, sobre todo por el anhelo del amado de “crear” su propio amor. Cuando se trata del amor del vampiro por un ser humano, no es más que envidia por la vitalidad especial de la víctima, que lo obliga a vampirizarla cuanto antes. Si esto ocurre, la presa, pasará a ser amada como otro vampiro más.
            Con el paso del tiempo y habiendo logrado sobrevivir tantos años y habiendo logrado satisfacer prácticamente todas sus ansias, el no muerto necesita de nuevos retos, sin que cambien sus anhelos, pues ninguno desaparece una vez satisfechos.
            Con los años transcurridos y todo lo aprendido, se da cuenta que en realidad, los seres como él no han sido creados para “sobrevivir” tanto tiempo. Como cualquier otro demonio tiene una misión, que es la de hacer el mayor mal posible al hombre y al dios que este adore, pero esto con el paso del tiempo, sin perderse, pasa a un segundo plano como tantos otros anhelos. Tratará de hablar con su amo y señor, del que no obtendrá respuesta y del que se distanciará. Sólo entonces comprenderá que lleva una eternidad sólo, formando parte de una lucha que tiene perdida, pues a diferencia de los vampiros, el hombre ha poblado cada rincón del mundo, mientras que los no muertos están  prácticamente extinguidos. Los intentos por crear ejércitos de seres como él fracasan
continuamente y no llega a conocer a otros tan antiguos como él.
            Siempre irá acompañado de un ser amado, pero cada vez le importará menos su compañía.
Entonces, se sentirá cansado y anhelará la paz interior. No sabe donde buscarla, pues su mundo, es oscuro y limitado. Frecuentará la compañía del hombre con más asiduidad para encontrar respuestas, para llenar un espíritu vacío hace siglos. Es una etapa en la que incluso sentirá simpatía por los hombres, pero esa simpatía le impulsa a convertirlos en seres como él. Se sentirá por ello maldito y desdichado pues siente que ha perdido la guerra y que no hay lugar en el mundo de los hombres para él. Su soledad es evidente, una soledad que dura cientos de años, una soledad que poco a poco le hará perder la razón. Es entonces cuando piensa en el SOL. Sí, la luz que emana de él, la calidez de sus rayos en el contacto con su piel. A lo largo de los años, ha tenido muchos anhelos y todos han sido satisfechos, pero volver a contemplar el astro rey, sentirlo, ver el color de las cosas a plena luz y ver las formas definidas de estas, contemplar el mar, el cielo, que siempre se han mostrados oscuros  y observar tantas y tantas cosas a plena luz solar, se convierte en el anhelo imposible del maldito, se convierte en la única respuesta para su espíritu. Y es un deseo que no podrá jamás cumplir, pues ello significaría el fin. El “suicidio” no entra en sus planes, pues no ha “vivido” tanto tiempo  (su instinto de conservación es muy superior al de cualquier otro ser) para poner fin a su existencia de una manera tan poco digna. Buscará soluciones. Y algunas de ellas serán sumamente dolorosas. Retrasará su hora de descanso paulatinamente para acostumbrase e la luz poco a poco, pero todos sus intentos serán rechazados y sufrirá las quemaduras que el disco solar le infringe . ¿Acaso el dios de los hombres existe aún para que uno de sus signos (el sol) lo rechace con tanta fuerza?. Sus preguntas no tendrán respuesta.
Transcurrirán los años y el vampiro se sentirá sojuzgado, abandonado, triste, vencido. Sin embargo todos esto sentimientos difieren del de los hombres en que están basados en un ansia de conquista y en la frustración de la derrota, no hay nada de altruismo, de sinceridad, de fraternidad... y siempre prevalece el instinto primario de la conservación, por lo que después de ser rechazado por el hombre al que incluso recurrirá para pedirle ayuda, se volverá muy inestable con cambios de humor repentinos y se tornará más implacable en sus correrías. Su deseo de venganza es muy fuerte y tratará de hacerse un espacio en el mundo, un espacio donde él sea el dios único, para lo que vencerá a algunos humanos en alguna aldea lejana y perdida y los someterá para que lo adoren. De esta forma, creerá que puede llegar a lograr uno de sus viejos deseos, conquistar al ser humano.
            Pero el Sol, siempre estará el Sol, para decirle que es una criatura del infierno y que jamás caminará por el mundo como un ser digno.
Yo lo sé...

sábado, mayo 19, 2012


A todas las mujeres que mi cámara amó y seguirá amando...

sábado, mayo 12, 2012



Este video forma parte del trabajo anterior.

Rompiendo las cadenas





La foto que ilustra este cuento, fue su inspiradora. Como trabajo final para obtener el título de Experto Universitario en Artes Visuales: Fotografía y Acción Creativa, cada alumno debía presentar un trabajo fotografíco, adornándolo como un proyecto cuyo fin fuera una exposición. El mío en concreto iba sobre la importancia del carrito de la compra en la Sociedad de consumo y los diferentes usos que se le da al margen del suyo propio. A parte de las consideraciones sociales pertinentes quise aportar un cuento estableciendo el paralelismo entre un Burro y un carrito de la compra.Así pues, el burro es el carro y el carro es el burro en este cuento. Espero que os guste. 

Rompiendo cadenas……

El pobre Ismael ya no podía más, a sus casi treinta años, solo le quedaba morir para descansar. Después de una vida transportando todo tipo de carga pesada y haber recibido azotes que incluso le arrancaron la piel a tiras, su hora había llegado. Se negó en rotundo a andar .Daban igual patadas, latigazos o golpes. Simplemente rebuznó con su voz más potente, dobló las rodillas, recostó su cuerpo contra la árida tierra y esperó quizás un golpe de gracia…
Su amo renegó del mismo Dios, se acordó de su abuela y su santa madre, pero al final cuando también hubo “rebuznado” lo suficiente como para desahogarse, en vez de golpearlo, soltó sus bridas, su arnés sacándolos como pudo de su cuerpo, pues estaba tumbado sin hacer el más mínimo movimiento , cargó con ellos y lo dejó allí tirado. Quizás iría a por alguien que lo ayudara, pero al cruzar la mirada, sorprendentemente vio un halo de tristeza reflejada en la cara de su amo. No había odio, incluso le pareció oír un susurro de agradecimiento por todo el tiempo pasado. Algo cambió en el alma de aquel burro.
Permaneció un buen rato en aquella posición. Sintió como las piedras se le clavaban en la poca carne que le quedaba. Sintió también la suave brisa que soplaba para compensar el tremendo calor que hacía. Levantó su cuello y miró alrededor. Sólo había una pradera llena de hierbas y piedras. Y el horizonte, allá a lo lejos, que se confundía con la calima. Sintió sed. Se puso de pie y después de pensarlo un rato, a su edad le costaba pensar y actuar al mismo tiempo, se decidió a coger a el camino contrario al que había tomado su amo. Era un burro, pero tonto no.
Después de un largo rato caminando, Ismael encontró una pequeña charca rodeada por un grupo de chopos. Bebió hasta la saciedad. Sintió como al hacerlo algo volvía a cambiar en su interior. Nunca se había podido fijar en el color del agua, ni en su sabor, pues siempre bebía en un cubo metálico oxidado. Esta agua era diferente, sabrosa, fresca y su color, era el color del cielo. Transmitía, junto a aquella sombra tan buena, una sensación de paz que le gustó. Aquél era un buen sitio para echarse una siestecita.
Por momentos recuperaba ganas de vivir. Tenía hambre, pero no le apetecía comer aquella paja o alfalfa secas que le solían dar junto a su cubo de agua. Buscó algo entre los arbustos que estaban entre los chopos. Encontró unas bolitas rojas y moradas que le parecieron deliciosas. Se pegó un atracón. Después volvió a tumbarse y allí permaneció durante muchas horas. Descansó sin preocuparse de nada más, sólo de sentir aquellas cosas que no tuvo tiempo de sentir.
Llegó la noche y contempló extasiado a aquella Luna llena que lo invitaba a pasear  bajo el frescor de la noche conducido por su luz. Así lo hizo. Empezó a andar y a andar. Y andó a su paso, durante toda la noche mientras la Luna estuvo a su lado. Luego, al amanecer, buscó algún lugar fresco con agua donde tumbarse y descansar.
Aquello era vida y a él le quedaba ya muy poca. No quiso pensar en su pasado. Era algo que no tenía sentido. Miraría hacia delante y se olvidaría de los azotes y golpes, del dolor de huesos, de las picaduras de las pulgas, de las garrapatas que se aferraban a él tratando de quitarle la poca sangre que le quedaba en sus venas ya enjutas. Sí, las garrapatas. Y sin querer evitarlo pensó en las garrapatas, Se tiró al suelo y empezó a restregarse contra las piedras. Y lo hizo meticulosamente, restregando cualquier parte de su cuerpo en la que sentía el más  ligero picor.
Le quedaba poca vida pero la viviría sin pensarlo un solo minuto más…
Cuanto había caminado no lo podía saber, pero a cada paso que daba notaba que sus fuerzas regresaban a sus envejecidos músculos. Se había convertido en un Burro optimista y alegre. Mientras anduvo por caminos y pastos se alimentó, brincó, se alzó sobre sus patas, rebuznó, coceó y se sintió por primera vez en su vida contento y feliz.
No se había cruzado con nadie, quizás por viajar de noche, pero esa mañana vio venir un coche hacia él, por el camino de tierra. Se alejó al trote, pero el coche que era un todo terreno se le acercaba cruzando el campo. Una lucecita de Alarma se le encendió y emprendió una carrera hacia unas lomas que no estaban muy lejos de allí. El coche se le puso a su altura y él se alejó sobre su derecha ganado unos metros. Esto le obligaba a dar un pequeño rodeo para poder alcanzar su objetivo. El coche se interponía entre este y él mismo. Volvió la grupa al coche y emprendió una nueva carrera hacia el camino. El coche lo volvió a alcanzar y él volvió a torcer hacia el lado contrario. Así estuvieron un buen rato hasta que las fuerzas le empezaron a flaquear y se vio obligado a  casi pararse. Bufó amenazadoramente a la vez que el coche paraba a su altura. Se giró sobre sí mismo y empezó a lanzar coces. Del coche salieron dos hombres, uno de ellos muy mayor. Oía que le decía palabras tranquilizadoras, pero ¿quién quería tranquilizarse?
Al final uno de los hombres, le echó un lazo al cuello y aunque opuso toda su resistencia, se vio obligado a tranquilizarse pues estaba exhausto. Se quedó quieto mientras los hombres se le acercaban. El hombre mayor lo miró directamente a los ojos. No sintió miedo. Lo acarició y le dijo palabras tranquilizadoras. No se tiró al suelo. Ahora ya no quería morir. La muerte podía esperar, por lo menos hasta ver qué futuro le deparaba el destino
Después de un rato en que el hombre no paraba de decirle cosas suaves al oído, el hombre joven le trajo un gran cubo de agua. Por lo menos no era un cubo oxidado y el agua parecía fresca, o sería que él estaba sediento. Bebió. El hombre mayor se sacó algo de color naranja de sus bolsillos. También parecía fresco, o sería que él tenía hambre. Comió. Le pareció muy sabrosa aquella cosa alargada y naranja. Instintivamente se acercó al bolsillo del hombre olisqueando. Este no pudo siquiera llegar a sacar otra zanahoria. La cogió y se la zampó. El hombre estalló en una carcajada.
A partir de ese momento se dejó acariciar y sintió que su vida no sería la que hasta ahora había tenido. Cuando hubo descansado y tomado fuerzas, se dejó llevar cogido por el lazo al coche. Iba a su lado a un trote suave. Llegaron a una granja donde había muchos animales. También habían niños y mucha gente. El hombre mayor le colocó un ronzal y tirando de este lo acompañó a un redil muy amplio donde  lo soltó.  Allí había una pequeña charca artificial de la que brotaba agua a través de una manguera. También había una estructura metálica con una tela translúcida que permitía disfrutar de una buena sombra. Y lo mejor de todo, había una hierba verde y fresca que tenía un sabor muy agradable.
Sintió que sus fuerzas de nuevo volvían a él...
Pasado un tiempo, que a Ismael le pareció muy corto, el hombre mayor vino a buscarlo, le dio una zanahoria y cogiéndolo del ronzal, se lo llevó.  Ismael no opuso resistencia. Juntos fueron hasta la puerta principal de la casa. Allí había una pequeña calesa muy adornada y vistosa que rápidamente el hombre colocó alrededor del Burro. También a él lo adornaron. El hombre sacó de algún sitio un pequeño sombrero de paja con dos agujeros en los laterales. Se lo colocó a Ismael y al hacerlo el hombre soltó una carcajada y dio unas palmadas al burro a modo de caricia y reconocimiento. El Burro se dejaba hacer. Al poco, un número indeterminado de niños apareció levantando una algarabía que molestó un poco a Ismael. No obstante no ofreció resistencia cuando un grupo de ellos se subió a la calesa y el hombre lo cogió del ronzal. Al ritmo que marcaba este, Ismael comenzó a andar .Dieron una vuelta por los alrededores. Al cabo de un rato al primer grupo de niños le siguió un segundo y luego un tercero y un cuarto y al final de la jornada cuando todos estuvieron contentos y saciados de montar en burro, Ismael, de la mano de su nuevo amo, volvió al redil. Comparado con sus anteriores trabajos en los que transportaba carga muy pesada que día a día minaban sus fuerzas y ganas de vivir, su nuevo trabajo, era reconfortante. Su amo le prodigaba continuas palabras de ánimo, le daba aquellas cosas naranjas y luego podía recostarse a la sombra de aquella estructura metálica mientras bebía agua fresca y clara.



          Con el paso del tiempo, el hombre mayor dejó de aparecer por allí. Era el hombre joven el que le daba de comer y se encargaba de él. Después de otro largo espacio de tiempo comprendió que su amo ya no aparecería más. No obstante el hombre joven se portaba también bien, pero llegó un día en que cogiéndolo del ronzal se lo llevó subido en él hasta una casa. Allí charló con otro hombre y dándole un abrazo alrededor de su cuello, se despidió de él y así Ismael cambió de amo. Este lo acompaño cogiéndolo del ronzal hasta un pequeño establo con un pesebre. Allí también había aquella hierba fresca que tanto le gustaba, pero no era un espacio abierto y se veía obligado a permanecer de pie.
Al día siguiente, muy por la mañana, Ismael transportó a su nuevo amo hasta un lugar que conocía bien. Era un mercado dentro de un pueblo. Lo ató a una señal de tráfico y se marchó.

          Pasó mucho tiempo, se hizo de noche y la gente del aquel mercado ya no estaba. Tampoco su nuevo amo. Después de dos días sin comer ni beber y muy cansado, unos hombres vestidos de azul vinieron con una furgoneta grande, lo cargaron en ella y se lo llevaron a otro  lugar. Allí había muchos animales. De todo tipo. También había algún congénere suyo. Pero esto no alegró el viejo corazón de Ismael.

          Al poco, un grupo de hombres más bien desarrapados, pero muy dicharacheros y alegres, se lo llevaron con ellos. A partir de ese momento, cambió su alimentación. Le daban cosas rojas y verdes, agua de cañería y algún que otro latigazo, si bien no se ensañaban con él. Les costaba hacerse entender y creían que a palos los entendería bien...
         
No tardó en acostumbrarse a su nueva vida. Si había algo que lo caracterizaba, era la paciencia. Había cambiado en muy poco tiempo de amos y situaciones. Estaba descubriendo nuevas sensaciones y se habría ante él un nuevo mundo del que no quería perder detalles.
Más que hacerlo trabajar, aquella gente se solía divertir con él. Cuando no lo montaban unos, lo hacían otros. De vez en cuando acarreaba algún trasto viejo que sus amos encontraban por las calles de la ciudad, pero no le suponía un gran esfuerzo.
El lugar donde solía vivir, era un pequeño solar lleno de trastos viejos, coches desguazados, perros famélicos y niños llenos de suciedad, pero alegres y contentos. Sin embargo, el lugar olía mal y él, volvía a tener pulgas y garrapatas. Echaba de menos el poder desentumecer sus huesos y volver a beber agua fresca, tumbarse a la sombra de algún árbol y dormitar tranquilamente.
Sin embargo y para poner a prueba su paciencia, los hombres de azul irrumpieron en aquel campamento. Las mujeres y niños, gritaban por todas partes mientras los hombres se enfrentaban a los policías. Con aquella redada todo fue caos y una piedra mal lanzada hizo que Ismael se pusiera a dar coces, molesto por la situación. Sus cuerdas se soltaron y emprendió una loca carrera por una carretera atestada de coches. En tal estado de excitación estaba que no vio venir a aquel camión. Oyó un bocinazo muy fuerte y al girarse impactó con su cabeza contra algo que venía de frente a él. Algo se le rompió a Ismael en su cabeza. A partir de ahí, notaba como su vista le iba desapareciendo. En su deambular zigzagueante por aquella carretera, intuyó algo que le parecía un río. Se dirigió hacia aquel lugar. Olfateó el agua y sin pensárselo dos veces se metió de lleno en ella. Volvió a sentirse a gusto y fresco. Sintió la necesidad de tumbarse en aquella agua que le parecía reconfortante. Se arrodilló y poco a poco fue dejando caer su cuerpo. Tenía ganas de dormir y descansar. Cerró los ojos y se hundió mansamente en aquellas aguas. Su cuerpo se veía desde lo alto de un puente acostado sobre el lecho del rio. Muchos hicieron fotos del suceso. A Ismael le daba ya igual.